Un saludo a todos
Después de un cierto tiempo peleándome con la escritura, pero sobre todo con el corazón, he vuelto por el pantano, para esconderme con mis viejos amigos: el sapo, mi faro, las mareas, las abejas y...vosotros. Como no sabía qué contarles a mi llegada sobre esos meses de ausencia, se me ocurrió escribirles un librito de poesía y Volltreffer (poemas cortos, cortísimos, imprevistos) para entretenerlos por las noches. Entonces nació "Letras rojas en cursiva", un intento de valorar a la persona en el desamor, y sobre todo, de mostrar que cuando el tsunami de los reproches se retira y las playas quedan para la limpieza, en los restos permanece el tacto del amor que provocó ese oleaje, pero ahora de manera serena .
He aquí la primera parte del librito, para las primeras noches:
LETRAS ROJAS EN CURSIVA
Víctor M. Jurado Roales
El amor no se encuentra al sur del odio
Trío Ambud
I
Regresa el guardián tras pasar varios días en el Faro. Tiene el cuerpo lleno de picaduras de abeja de las orquídeas. En la caja de té de Estambul, que ahora hace las funciones de botiquín anémico, busca un antídoto urgente. No lo consigue. En su lugar descubre una barrita casi agotada de cacao para labios rotos. La saca, la abre, la pasa por su nariz y con una uña ronca de tanto tocar el acordeón desgaja un trozo diminuto para llevárselo a la punta de su lengua. No le sabe a nada.
SAGAS NUMÉRICAS
¡Qué de historias cortadas a cachitos!
Como virutas insolentes cuartean los pómulos del maestro ebanista
que tras bosques de su Selva Negra perfecciona el sonido de un violín.
Entre los instrumentos, invitaciones nunca usadas, el desmesurado ímpetu
por demoler dos tronos y una clave sin encriptación.
Fiesta en un banquete de víctimas donde nada supo igual a los glaciares
del armisticio.
Armin el músico, incapacitado para las codas felices, pule su ceguera.
Barre su territorio, mece los laúdes, enciende una pipa aria y se reclina en
sus pócimas.
Perdida la habilidad de conversar, nos acechan décadas de labranza en
vano.
HABITACIONES CONTIGUAS
La muerte es como el final de unas vacaciones accidentadas.
Es ese panqué de crema perpetuo en el mostrador de una patisserie que
nadie se atreve a comprar.
El gusto por las adulaciones frívolas.
La muerte suena a cancioncilla infantil en nuestro tímpano despreocupado.
Huele a cristal del Tíbet que muta justo antes de ser reconocido por
el observador inoportuno.
Respira siempre en sentido paradójico a una velocidad imperceptible.
La muerte es ese fardel lleno de tus espaldas, el sollozo de la rima al
pulsar las teclas mañana tras noche, el hastío desfigurado en los juegos de
amor.
No puedo afirmarlo con rotundidad, pero indefinidas veces,
cuando me hablas de esa forma, la muerte se supera a sí misma en tu
silencio.
SEGUNDA EDIFICACIÓN
Estamos construyendo una nueva colmena
con guirnaldas a estrenar sobre una brisa tenue,
para que nunca escasee el azul aceituna a la hora de las clases.
Ni el cristal poliédrico sustituto de las fresias,
ni la charanga recorriendo los pasillos de todas las esquinas que quedaron
por pulir.
Días para arrugarse las manos despeinando alfombras en el desván,
relamer de las yemas la tinta huérfana de páginas
y hacer saltar por los aires los principios éticos de la arquitectura.
Estamos construyendo una nueva colmena.
¿Dónde?
EL ARTE DE LA ESGRIMA
No sé cuántos péndulos llevo sin oír aguzar tu espada de pez.
Y has regresado de los días de fiesta con unos pilates de más.
Incluso ya les dibujas rostros a tus sueños,
bañando el sur de los convites con ginebra impronunciable.
Así, como quien no quiere la cosa, aparentemente.
Pero sigues siendo la misma pizpireta de mamas jóvenes
que achina los ojos al hacer una tesis de sus lecturas,
dejando las frases pendientes de un hilo.
Cortas la respiración, por si alguien deseara completarlas.
TALLER DEL ACTOR
¡Grita!
Tal vez de esa forma nos muramos de incertidumbre y evitemos tu
irrealidad.
¡Gesticula!
Puede que con tantos ademanes prefiramos permanecer en la retaguardia.
¡Inclínate en gratitud!
Ante nosotros, para que sigamos puliendo la generosidad de tu síntesis.
Entre bambalinas aleccionas a los alumnos de un nuevo curso; clases
breves, el tiempo urge, y has de reencontrarte con tu sayo de casimir.
Antes dejas que algunos neófitos paguen tu café y otros descuelguen sus
aberraciones egocéntricas.
TANGO DE SERPIENTE
El oleaje de un acordeón atlántico derrite las páginas de este cuaderno
cosido en la adolescencia.
Perfora nuestros tímpanos con sudor caduco.
Como dos reyes, simulando la densidad del oro líquido, te diluyes
sobre mí, serpenteante, haciendo crecer alrededor de tus piernas un tatuaje
de bosque indómito.
Cada fragmento te recompone sin marcas,
y el cuadro se resiste a entrar entre los barrotes de mi pintura.
Una y otra vez, una y otra vez.
Te arrojas al vacío con más de dos manos agarrando tu pecho,
que corren a pulsar el tango de una juventud indefinible
para obtener la corona de tus mareas.
Quien es capaz de regresarlas, conoce el especial sentido de las afonías.
LOS CAMPOS ALEMANES
Aunque se te han muerto las cadenas de la infancia,
el repique de tu pulso no llama a duelo a los corazones siameses.
Nunca quiebras las dos rodillas a la vez,
y la pleura besa un tórax gris como la ceniza de los campos alemanes
que silenciaron el raciocinio de la brutalidad.
DE CONCIERTOS
Hoy nos vamos de conciertos,
dispares.
Tú escoges fingirte dueña de ti entre un grupo de olas.
Yo, visitar los estómagos de un borracho tendido a la intemperie.
Y con la llegada de la contraluz, es tu abdomen el que me empuja
proyectado en el telón de fondo.
Falso acorde, mala rima; todo un espejismo con error en el verso final.
Nos desean las pupilas de las habitaciones sin cerradura, nos desvisten
manos ajenas a nuestra respiración.
Sin mucho que pedir a cambio, terminamos manchados de agridulce,
superponiendo el recuerdo del otro al último coletazo del placer.
Deberíamos haber aprendido de la actriz sueca, la que dobló el alma por un
corazón ajeno a su historia de delgadeces híbridas.
AL SUR DEL ODIO
El pájaro que llega con el aura del sur desfila en desbandada,
lanzándose en vorágine a mi péndulo de roble en la azotea frente al mar.
Reposa en mi fusta al verme deshacer un nuevo sudoku, queda al
acecho de ser bautizado con algún nombre de escritor de haikus.
El pájaro histriónico no tiene prohibido hablar de la luna, ni del aire, ni del
amor, ni del desamor.
Este vástago se baña en mis ojeras mientras tuerce su cabecilla pomposa.
Sutil como él sólo, vigila las olivas de mi cuenco si me ayuno en el naranja
del ocaso.
El pájaro del sur no atiende a latitudes, y cuando negra es mi poesía, me
abandona para saltar tras los islotes, letrado y con la panza cálida.
Cada noche de insomnio aparecen los huesos de los hundidos que no
conocieron más misión que la de formar una cruz apócrifa ante los ojos de
la inapetencia.
Cruz de acéfalos y hongos putrefactos, huesos del desgaste de la ira, hedor
a jaula de pájaros sin barrer. Pero sigue siendo cruz.
Como cruz que forman mi espina y tu bulbo sobre el péndulo de roble
frente a la estampa del abandono.
El pájaro del rencor vuela estrechamente en mi descielo, en busca de
un poeta que le preste la mar.
LA NOCHE EN LA QUE AL SOL NO LE SALIERON LAS CUENTAS
Aquella noche, tan ocupado como estaba el Sol contando sus arritmias y los huecos en el desvío de su espina dorsal, no se le ocurrió otra cosa más lúcida que remover las tristes teorías científicas, y decidió que era el momento de dejar de gemir y ponerse manos a la obra.
Alargó todo lo que pudo uno de sus miles de brazos y, con todo el tiento del Cosmos Azul fingido, parió una pequeña y espesa nebulosa un poco más allá de su alcance, dejándola crecer.
La nebulosa abrió los ojos y sintió nieve. Nieve al despertar, nieve al oler la casa, nieve tras comer, nieve al verlo. Se llenó entonces de mareas propias, bosques tatuados, deseos libres, cascadas violentas, necesidad de necesitar.
Allí tenía al Sol, contemplándola, ansiando su frescura y su misterio.
Sería un error...es absurdo... Hay cosas que existen sin razón alguna, sin obligación de ser comprendidas: la razón llega hasta donde el ímpetu le permite.
Tímidamente, una sola vez. No puedo asfixiarme sin vivirlo al menos una vez. No quiero pensar más.
El Sol se comió los espacios de equidistancia en milésimas de granos de sangre y la abrazó con torpeza, violentamente, con su poder icónico. Ni siquiera percibió su rostro congénito de dolor y placer. Largos años luz sin ser dueño de sí mismo hasta que la aniquiló, la destruyó. La incineró.
Cuando se dio cuenta de lo sucedido, se sentó desconsolado, con la respiración agitada por el esfuerzo, con sus arritmias volviendo en desorden. Era un bárbaro. Con uno de sus miles de límites cogió un poco de ceniza y la guardó en su bolsa de canguro, para recordarla, hasta que los vaticinios de los científicos se hicieran realidad. No debería faltar mucho tiempo para el frío de piedras.
Aquella mañana, sin ninguna duda, amaneció un poco más tarde.
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